Los días pasan rápido. Un mes ya, desde que nuestro querido hermano Pepe nos dejó. Qué duda cabe, su recuerdo siempre estará con nosotros.Al respecto, quiero aprovechar para recordarme a mí mismo y, de paso, a todos vosotros, miembros de nuestra entrañable comunidad, lo más relevante de nuestro querido hermano, todo el tiempo que duró su enfermedad.
Primero, su pronta aceptación de la enfermedad. El no tuvo que pasar por todo ese proceso que, a juicio de los expertos pasan la mayoría de los seres humanos, cuando llegan a saber que tienen una enfermedad incurable.
Segundo, su determinación de acercarse a Dios sin ningún tipo de condicionamientos. Ese acercamiento le permitió percibir toda su vida desde el punto de vista divino. ¡Y cómo lo consiguió!
Tercero, una preocupación exquisita sobre el estado y la condición espiritual de la comunidad a la cual pertenecía. Esa preocupación le llevó a compartir con todos nosotros dicha inquietud, transmitiéndonos la necesidad de acercarnos a Dios y los unos a los otros a través del perdón y la reconciliación.
Cuarto, un deseo de que los hermanos se junten para buscar a Dios en oración, expresándole adoración, alabanza y acción de gracias. El consejo pastoral siempre tuvimos la esperanza de que él mejoraría, y dejar que fuera el que liderara esa iniciativa, puesto que él la propuso. No pudo ser, pero en su momento dicho desafío será retomado.
Quinto, una forma admirable en la cual nuestro querido hermano preparó a su familia para el momento de su partida con el Señor y su posterior ausencia. Los que somos ya mayores, deberíamos tomar ejemplo de ese proceder de nuestro hermano.
Sexto, una forma ejemplar de despedirse de unos y otros, propios y extraños. En nuestro querido hermano Pepe, vimos en esos últimos meses de su vida, lo que significan las palabras “bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1ªP. 3.9)
Y así lo transmitió. Aún hoy, al escribir este recordatorio, no puedo evitar conmoverme profundamente, hasta las lágrimas.
Angel Bea